La sopa boba y las migas extremeñas

Son las dos y media en Jarandilla de la Vera y lo que hay, sobretodo, es hambre. Así que a comer, algo rápido, para poder ver algo por la tarde, antes de que se vaya la luz.
      
En la placita que hay junto al Parador, en la esquina enfrente de la Iglesia hay un bar, pero está cerrado. Me llama la atención un toldo que hay en la casa de al lado, verde, amarillo y blanco: “La sopa boba: bar y cafetería”. Desayunos y comidas para llevar, raciones, bocadillos, productos típicos. Pues venga.
      
El interior no es muy típico: madera tipo Ikea, puertas blancas, paredes verdes, suelo rojo. El sitio me interesa. 
      
Junto al mostrador han puesto dos taburetes de madera, por si alguien busca un bar para tomarse una cerveza, ahí lo tiene. Hay tres chicas jóvenes pagando a escote unos bocatas y unas botellas de agua, y se marchan enseguida. Me atiende entonces la dependienta, chica joven, de cara agradable y modales atentos, obesa. Hay raciones, un menú del día, que hoy es lentejas y albóndigas. No, quiero algo más corto. Pido las “migas extremeñas”, me pregunta si con huevo frito (un euro más), le digo que sí, y me siento a esperar.
      
La única mesa ocupada tiene tres parejas de jubilados, que están tomando de aperitivo precisamente una cazuelilla de migas, tiene buena pinta. Cuando terminan y no antes, una de las señoras saca su móvil y enseña un vídeo, que se van pasando unos a otros. Para mi sorpresa, empiezan a hablar con toda naturalidad de lo que han visto en Facebook, y mencionan también algo del Whatsapp. Comentan que han leído que en no sé qué provincia de Cataluña han prohibido los souvenirs españoles, la sevillana y el toro, por horteras, con ese tono mezcla de escándalo e indiferencia tan nuestro.
      
En una pizarra pone que venden productos de la tierra, incluyendo “aceite de oliva virgen extra, recogida a mano” (para que tenga más sustancia, supongo). Junto a la pizarra, los "productos": chocolate Valor, vino Cune (de Ribera de Duero) y, eso sí, una barra enorme de morcón.
      
Llegan las migas, en una cazuelita de barro, que tienen muy buena pinta. El huevo frito hace de tapadera, cubierto de pimentón, que tengo que apartar. Las migas saben buenas; no sé cómo son las migas extremeñas y en qué se distinguen de las manchegas, pero éstas tienen además de miga y panceta ¡trocitos de patata frita!, y no tienen chorizo. No sabría decir si tienen algún resto de magro, si alguien me obligara a decir sí o no, diría que no.
      
Me cansan, dejo casi media cazuelilla, pensando que deberían llamarse mejor “migas con pimentón”.
      
Miro ahora la carta: migas extremeñas con huevo, 7 euros. He pedido también una coca-cola y un cortado, total 9,70 €. Han sido 20 minutos agradables, a medio euro por minuto, más o menos, he llenado la panza y he tirado tres o cuatro fotos malas, a escondidas y con poca luz, para que quede constancia de todo lo que aquí digo. La chica es atenta y rápida, de las que quieren tenerlo todo limpio enseguida, así que decido ahuecar.
      
¿Un sitio para volver? No.
      












      

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