14D: El Retiro

De todos los parques que he conocido el Retiro es, con mucha diferencia, el que más bonito me ha parecido siempre, y me he reafirmado en la idea cada vez que he visitado uno nuevo, en cualquier parte del mundo. Quizá sea por las ¿miles? de horas que he pasado en él, porque ha formado parte de mi vida desde siempre. En él han jugado, corrido y crecido mis hijos. En él corrí los últimos metros de mi primer maratón. En él lloré en solitario la muerte de mi hermano Ramón, corriendo por el paseo de las estatuas. Nunca he dejado de faltar a su cita.
      
He visto caer las hojas de los castaños con el viento y el agua, y llenar el suelo de amarillo y barro. He visto los árboles desnudos del invierno aguantar, tercos y valientes, a la niebla y las heladas, con la determinación de volver pronto a vestirse de color. He esperado ansioso cada tarde las señales de la primavera, desde que salen los primeros brotes de los almendros a finales de enero, desde el nacimiento de las primeras flores diminutas y hermosas bajo la hierba, casi invisibles pero con un azul tan inmenso como el del cielo y el mar. He corrido a fotografiar la nieve en el parterre, allá por abril, cuando nadie la esperaba. He sentido explotar la vida sin previo aviso el día menos pensado de abril, tras un chaparrón como el de hoy, y aparecer de repente todos los olores y las risas, traídos con la brisa templada del anochecer.
      
Allí he visto alargarse y acortarse los días y las noches, he sentido en mi cara el agua y el viento, me he llenado las piernas de polvo y de barro. He caído cien veces y otras tantas me he levantado como un resorte, sin mirar siquiera dónde había tropezado.










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